La palabra leida - Las razones del amor


 

UN LIBRO QUE QUEDARA EN EL ALMA DE QUIEN LO LEA



Las razones del amor

 

A pesar del título, extrañamente, el amor no tiene razones: Amar es la razón misma. No hay medidas para el amor, ni sacrificio suficiente, ni barreras insalvables.

Porque perder un amor, dolor casi inevitable, a veces, en esta vida, es una desgarradura feroz, cuya cicatriz suele quedarnos para siempre. No importa de quién es la culpa, si propia o ajena, o si es la muerte (malvada, envidiosa) la que nos lo arrebata.

Igual amar es único, maravilloso, capaz de salvarnos, sacando lo mejor de nosotros mismos. Agradezco haber amado, porque fue lo mejor que me pasó en mi existencia, aun cuando algunas veces me tocó salir malherida.

Agradecida estoy, infinitamente, a todos los amores que me regaló la vida, en sus diferentes formas, que me siguen demostrando que todavía estoy viva.

 

Oro Gris


El amor después de la muerte

  ¿Dónde estás Ana luz, hija mía? Te fuiste una mañana de mayo, angelito mío. Dios quiso robarme la joya más preciada. Me dejó en cambio un hueco grande en el corazón, que hoy, después de catorce años, no he podido llenar, ni con todos los amores que me regaló la vida. Sólo esta pequeña hija de nueve años que duerme a mi lado, logró tapar parte de aquel agujero sangrante, que ni quemando con fuego puedo cicatrizar, ni hilo en el mundo suturar.

Eras sólo un bebé recién nacido. Besé tu rostro, miré tus rulitos, puse mi dedo en tu manita todavía tibia y me la apretaste – Es un reflejo – dijo el médico. Estabas gris... Asfixiada... Tus uñitas amarillas...

Quise grabarme tu rostro en mi mente, eras tan gordita, tus cachetitos redondos. Parecías tener dos meses de grande que eras. Recuerdo tu ropita rosa, tejida a mano, los pompones que te había hecho en los escarpines. Me eché a llorar y el médico ordenó que te llevaran...

Se me iba la vida en la sangre que perdía. Había que atenderme. El dolor no me importaba, la muerte no me importaba. Cuando me llevaron a la cama, todos sabían que yo también me moría; por eso no me trasladaron a La Plata. No iba a soportarlo.

 

El doctor Lara, hematólogo, me atendía personalmente. Era tan joven para morir que me tenía piedad. El bebé de la cama de al lado lloraba y yo con él ¿Dónde estaba mi hija? Hasta los domingos venía a verme y la hemorragia no quería parar. Al final, decidió darme unas inyecciones subcutáneas, que no sé qué riesgo tenían, pero era la última esperanza.

Así, como después de la lluvia sale el sol, así paró la sangre y empezó mi cuerpo a recuperarse. Ahí estaban mis amigas, firmes, cuidándome, mimándome, mi hija mayor cuidándome y tu padre con una  florcita pequeña y rosada, que aún conservo, en mi mesa de luz.

Te enterraron sin mí. Te colocaron en un cajoncito blanco y te pusieron en la tumba de mi madre. Cuando me lo dijeron, sentí algo tan atroz que no se puede explicar con palabras. ¿Dolor? No, esa no es la palabra. La palabra para definirlo no existe.

Cuando volví a la casa, no quería que nadie me esperara. No quería llorar más. Parece mentira, pero sentía vergüenza de mis brazos vacíos sin el bulto pequeño y tibio que esperaba traer. ¿Dónde estaba mi bebé? ¿Dónde? ¿En ese cielo que miraba sin encontrarte? ¿Abajo de aquella loza en el cementerio? Quise ir en cuanto pude caminar. Hacía mucho frío y un diácono nos acompañó para bendecirla. Me tiré de bruces y besé la lápida, sin asco por primera vez en la vida las cosas del cementerio no me daban asco.. Lloré, lloré, y no podía parar. Creí que iba a morir sobre ese lugar.

Quería abrir la tumba, levantar la piedra, abrir tu cajoncito, verte una vez más, besarte, tenerte. Dios, no sé qué quedaba de racional en mí que no lo pedí, sólo me martilleaba en la cabeza.

Me tuve que ir. Cuando subí al auto, con mi campera gruesa de gabardina., te encontré ahí, calentita, bajo la tela, justo en el hueco de mi corazón sangrante y supe por fin dónde estabas. Para siempre estarías en mí.

Así pasó el tiempo, yo me repuse aún cuando todas las noches, durante dos años, me despertaba a las cuatro de la madrugada para llorar a solas.

Cada vez que iba a verte te veía crecer, te hacía “hico caballito” sobre mis hombros, veía tus dientes crecer, imaginaba la ropa que te pondría, los zapatitos... Cuando cumpliste un año y aprendiste a caminar me acompañaste hasta la entrada. Te quise llevar conmigo y me dijiste que “no” y comprendí que tenía que parar y dejarte en paz.

Ahora sos el recuerdo más doloroso de mi vida. Tu rostro se me fue borrando de la mente. Sólo recuerdo tu ropita. Raro ¿no? ¿Por qué alguien no te sacó una foto?

Hay un antes y un después de vos. Aprendí del dolor y supe que nada es irremediable, sólo la muerte.

Amor el de las madres que tuvieron en la panza a su bebé y lo aman toda la vida, aunque ya no lo tengan. ¿Habrá un amor más grande que el de una madre?

Muchas otras cosas me dio la vida, otra hija también. Una vida diferente. No sé si mejor o peor. Diferente. Con una experiencia que a nadie le deseo.

Ya no voy al camposanto. Anita está en mi corazón, llenando ese hueco sangrante imposible de cerrar. No puedo imaginar una vida con ella. ¿Cómo hubiera sido? Sólo sé que no fue.

Cuando pase el puente de la vida, y la luz del otro lado me esté esperando, y mi madre y todos los que estén de ese lado, vos serás la primera en la fila que me estirará los brazos y reconocerás mi voz entre todas.

Tendremos la eternidad para contarnos todo y estar juntas. Te quiero y eso no cambia, es amor del que es para siempre, es amor de madre a hija.

Mientras tanto, trataré como hasta ahora, de paliar con lo que pueda este maldito dolor.

Te amo y no necesito razones, sos la razón de mi amor. Ana Luz, mi lucecita. Si pudiera volver el tiempo atrás, no elegiría engendrarte, porque no soporto haberte perdido. Espejo roto clavado en ávidos vidrios en punta en el alma, pies sangrando buscándote descalza, en mis sueños por las noches. Desesperanza de no soñar con tu rostro auque fuera, verte en un sueño. Hasta eso se me niega.

¿Qué mano elegirá a quién le toca la pena de perder a un hijo? Será el destino, Dios o sólo pasa al azar. Serán deudas terribles de otras vidas de esas madres que abortan. Sólo el Supremo lo sabe.

Yo le he de preguntar por qué. ¿Me habrá de contestar? Dejame creer que estás en algún lado y que te veré algún día... Hija, amor, la razón primera de tu vida, tu madre te quiere y te va a querer siempre.

El amor existe en la vida, en la muerte, en el cielo y en la tierra y no termina, no termina... y cómo duele.

 

                                                                     oro gris

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